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"El gato negro"

El Gato Negro No pretendo que me crean, pero sé que mañana moriré y deseo relatar los extraños hechos que me han torturado y provocaron mi ruina. Desde  niño  me gustaban los  animales  y mis padres me permitieron siempre tenerlos. Esta afición creció conmigo y pude disfrutar de la abnegada amistad de los animales. Me casé joven y por fortuna, mi esposa compartía mi gusto por los animales domésticos, y los teníamos de todas clases: peces, pájaros, un perro, un monito, conejos y un gato. El  gato  era completamente negro de gran tamaño y poseía una asombrosa sagacidad. Se llamaba Plutón y era mi favorito, me seguía a todas partes y debía frenarlo para que no anduviera tras de mí en las calles. Nuestra amistad duró años. En este tiempo, mi temperamento se vio alterado por culpa del alcohol, me fui volviendo melancólico, irritable e indiferente a los  sentimientos  ajenos. Llegué a maltratar a mi mujer. También maltrataba a nuestras mascot...

Jesús en vitrina - Hilma Contreras

Jesús en vitrina En un zaguán había tres jóvenes sentados. Uno a uno fueron llegando silenciosos y con el ceño fruncido. Cuando el último se dejó caer en la mecedora, los otros dos exclamaron: —¡Romance sin palabras! —¿Eh? –gruñó el recién sentado. Pero tan sin palabras era el romance que los tres pensamientos se hicieron trizas en una misma carcajada. Eran tiempos de pascuas; de cielo azulísimo, profundo y denso. El aire, un airecillo fisgón y frío, metía su nariz impertinente en la intimidad de todos. En unos, duplicándoles la alegría de vivir, y en otros, hincándoles más en el alma la espina de la vida. Los tres jóvenes se miraron. —Riámonos de nosotros mismos –insinuó Wenceslao–. Después de todo, burlarse de la vida es ya vivir. La más morena de las dos muchachas agregó: —Sí y se llora por dentro. No –profirió con mayor severidad–, no, ¿sacia el hambre alimentarse de su propia sangre? ¡Por Dios Santo, que si la comida no mejora, cambio de pensión! —Emelina ti...

"La ex"

La Ex -Buen día ¿En qué podemos servirle? -Gracias señorita. Mire, yo vine a cancelar mi tarjeta de crédito, pero ante todo quiero que no trate de convencerme de lo contrario. Yo respeto su trabajo, usted respete mi decisión. Aquí le doy mi cédula, con ella tendrá mis datos personales, lo demás que tenga que saber lo tiene ahí en el sistema, porque yo sé que ustedes saben más de mí que yo misma. La joven empleada del banco se quedó desconcertada ante tales alegatos y al tratar de articular palabra la tarjetahabiente interrumpió: -Si es un requisito decir el motivo de la cancelación, entérese que ya no puedo seguir tomando dinero prestado. Quizás sí puedo tomarlo, lo que no puedo es pagarlo. Ustedes han aumentado la tasa de interés por retiro en efectivo y no quiero imaginar lo que me cobran por sobregiro. Sepa también que no deseo pagar el seguro de vida que me  descuentan todos los meses, pues no tengo quien lo cobre cuando yo muera. ¡Ah! Tampoco quiero pensar que tengo d...

"Mala suerte"

Mala suerte Ilia Sergeich Peplov y su mujer, Cleopatra Petrovna, escuchaban junto a la puerta con gran ansiedad. Al otro lado, en la pequeña sala, se desarrollaba, al parecer, una escena de declaración amorosa. Su hija Nataschenka se prometía en aquel momento con el profesor de la Escuela Provincial, Schupkin. -Parece que pica -murmuraba Peplov, temblando de impaciencia y frotándose las manos-. Mira, Petrovna... Tan pronto como empiecen a hablar de sentimientos, descuelgas la imagen de la pared y entramos a bendecirlos... Quedarán cogidos. La bendición con la imagen es sagrada e irrevocable... Ni aunque acuda al juzgado podrá ya volverse atrás. Al otro lado de la puerta estaba entablado el siguiente diálogo: -¡Nada de su carácter!... -decía Schupkin, frotando una cerilla en sus pantalones a cuadros para encenderla-. Le aseguro que yo no fui quien escribió las cartas. -¡Vamos, no diga!... ¡Como si no conociera yo su letra! -reía la damisela lanzando grititos amanerados y mirá...

"La gallina degollada"

La gallina degollada Horacio Quiroga Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un so...

"Aceite de perro"

Aceite de perro Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, com...

"Algo muy grave va a suceder en este pueblo"

Algo muy grave va a suceder en este pueblo Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: -No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo. Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: -Te apuesto un peso a que no la haces. Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta: -Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo. Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su ca...